Home Notas Niños Ilustrados - pag. 2-

Niños Ilustrados - pag. 2-

EUGENIA ASSANELLI -/ En un desván luminoso y diminuto la ex actriz dibuja árboles y duendes, los mismos temas que la obsesionan desde la adolescencia. El dibujo es una rutina incorporada en la infancia, cuando debió guardar reposo por una bronquitis persistente. "El pediatra no sabía qué hacer conmigo, y para mí era una felicidad". La imaginación cumplía su parte –ayudada por libros como David Copperfield– y Eugenia dibujaba todo el tiempo. “La mesa de cármica era como un gran pizarrón que borraba a la hora de comer. Era la típica niña que venía pintando la pared, te pintaba un poco a vos y seguía”. Llegó un día que, vinculada a través de amigos, ilustró libros para una ONG, pero no la pensó como una salida profesional hasta hace dos años. Después de haber cursado profesorado en Literatura, Actuación y Bellas Artes, su costado humanístico estaba claramente marcado. En la práctica, con cada editorial la modalidad de ejecución es distinta. Con Virginia Brown, escritora de Pato y Bepa, discutieron sobre la edad que tenía el animal del título. Le asignaron unos 4 años y, en consecuencia, las actitudes que le correspondían. “Está bueno el aporte del otro, porque si no se convierte en un trabajo solitario”, afirma Assanelli, que tiene, además, ocho sobrinos que siguen las etapas del proceso creativo. A la dibujante suelen preguntarle sobre las motivaciones del personaje. “¿Por qué está enojado?”, la arrinconan, por ejemplo. Pero a los 29 años, y con unos 23 libros a cuestas, Assanelli ha hecho más que adentrarse en la psicología de los plumíferos. También ha tenido que dibujar indios, ñandúes, mulitas, fantasmas y monumentos reales, temas habituales en la literatura de Ignacio Martínez, con quien ha trabajado. El autor tiene un perfil interesado por lo histórico y lo autóctono, cuentos relativos a aparecidos y fenómenos mágicos. "No soy de hacer un dibujo realista, me gusta tratar de bajarle los rasgos a nivel de caricatura”, explica Assanelli. Aparte de sus colegas uruguayos, admira al argentino Pablo Bernasconi. “Trato de aplicar cosas de distintas fuentes, es más bien una cuestión informativa, de investigación de materiales. Vas agarrando una suerte de estilo. No siempre te quedás encantado, pero hay que entregarlo. Es más una cuestión de plazos que de conformidad”, admite. Actualmente cursa la escuela de creatividad Brother y aprende animación stop motion. Pero una cosa está clara: la ilustración infantil no es un asunto pasajero.
OSCAR SCOTELLARO -/ Aunque goza de una exposición diaria como ilustrador del matutino El telégrafo, de Paysandú, su ciudad natal, recibe los comentarios más entusiastas por sus libros para niños. Discípulo de Ernesto Aroztegui en la Escuela de Bellas Artes, hace nueve años que Scotellaro vive del dibujo. “Para mí cada libro es como un viaje, pero no me da para ponerlos en un orden jerárquico. El disfrute mío es verlo impreso. No siento la necesidad de volver a exponer”. En Bellas Artes formó su estilo. Antes de dedicarse ciento por ciento al dibujo ya tenía un taller de muebles para niños, en madera y hierro, que continúa en funcionamiento con ayuda de su mujer. Al grupo Moxhelis se sumó desde sus comienzos, en 1993, cuando llegó Pascal Wirobnyk de Francia y empezó a desarrollar el proyecto, una experiencia de performances y arte colectivo con la que recorrió Uruguay en un viejo ómnibus. En 2003 fue elegido por concurso su afiche para la Feria del libro. El premio incluía una exposición y eso lo abrió al mercado editorial. Scotellaro afirma que no le gustaría dedicarse únicamente al dibujo para niños. De hecho, trabaja a un mismo tiempo en publicidad y en el mundo editorial, con producción tanto de folletos, tapas para libros, personajes animados para comerciales, como de revistas de actualidad. “En realidad, un solo rubro no me seduce, creo que en la variedad se nutre un estilo con otro. Cuando llega un trabajo pienso cómo representarlo mejor, si tiene que llevar líneas más duras o tiene que ser hecho a mano: ésa es la primera decisión que tomo.A partir de ahí trato de que fluya, de que me sirva para aprender, sin aplicar fórmulas, si el tiempo me lo permite”, aclara. “Lo que me gusta de la literatura infantil es que cuando hacés un libro te obliga a estar en un estado permanente con la historia. Me había hecho una idea diferente, de poder hablar con el autor; a veces pasa, pero otras necesitan mis dibujos para pasado mañana en imprenta. Los padres, sobre todo, son los que me cuentan las reacciones de sus hijos. Ahora me abrí un blog (http://oscar-scotellaro.blogspot.com) para ver si logro una devolución de la gente, más estando en Paysandú, porque el trabajo de dibujante es solitario”.
SUSANA OLAONDO - /“Empecé a escribir para mis hijos”, debe haber contado mil veces la creadora de Una pindó, Hay que insistir y Felipe. “En ese momento no estaba en la docencia, dibujaba porque siempre dibujé, hacía artesanía en papel maché y pretendía ser escultora.” Susana Olaondo recuerda así su debut con los libros para niños y asegura que su estilo no varió demasiado. "En cambio el mercado sí, cambió radicalmente porque cuando empecé no había libros de imágenes nacionales. Ahora hay lo que se te ocurra. El otro día vi con asombro un libro que no era nacional y venía con una pecera incluida, de plástico, claro.” Olaondo da la impresión de querer “pintar como los niños”, pero elude el elogio. “Si pudiera pintar con la frescura y genialidad de un niño de cuatro o cinco años a lo mejor me dedicaría a eso y no escribiría más libros. No. Si se pudiera, haría las dos cosas.” La autora somete su obra al escrutinio de sus hijos y de los chiquitos, con provechosas consecuencias “más para alguien medio distraído como yo”, argumenta. “Si no fuera por una alumna que mientras mirábamos el libro Si vas a dibujar me preguntó por el ciempiés, el pobre ciempiés se hubiera quedado sin lo mejor, el baño final, porque me había olvidado de incluirlo en el dibujo. También Marcos me hizo notar que en otro cuento me faltaban las luces rojas de freno, fundamentales en todo auto visto de atrás. No se hagan problema, gracias a él ya lo solucioné”. Ilustrar sus propias historias le permite a Olaondo manejar los dos lenguajes a su gusto. “Los escritores que no dibujan, igual tienen una imagen mental de sus personajes y puede coincidir o no, con la del dibujante. Y cuando no te interpretan, o ven el trabajo terminado sin previos encuentros, la cosa se complica”, señala. “Negativo es que existan algunas editoriales –no con las que yo trabajo– que al ser uno solo el que hace todo pretenden ahorrarse al dibujante y te pagan menos. Con el público del exterior (ha publicado en Chile y en Estados Unidos) no tenés mucho retorno como acá. Hace unos años, en Estados Unidos, a mi libro La Tía Merelde le censuraron un dibujo porque la tía se veía muy tetona. En realidad la tía se aleja bastante del modelo Barbie, y de haber sido ahora Merelde no habría necesitado usar siliconas para estar a la moda, aunque la conozco bien y no creo que le importe demasiado estarlo. Su interés es recuperar los lunares del vestido que un día se le volaron”. Olaondo adora la jardinería y eso aflora en algunos dibujos. Además, conduce un taller de expresión plástica y a veces construye móviles con papel cometa y alambre.
1-2
Comentarios (0)add comment

Escribir comentario
Tienes que estar logueado para escribir un comentario. Puedes registrate si no tienes ya una cuenta creada.

busy