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SEBASTIAN SANTANA -/ Afirma que los dibujantes son “unos bichos” y sólo le falta colocar un cartel de “no molestar” para confirmarlo. Las cortinas black out –garabateadas-y unos protectores de oídos igual que si fuera a empuñar un taladro son su recaudo contra las distracciones. Nada de luz natural ni ruidos molestos, ni siquiera música que disturbe el ritmo del dibujo. Sebastián Santana fue algo así como “el chico del momento” cuando de todas las puertas que golpeó empezó a recibir encargos. Había estudiado Bellas Artes y Psicología, sacó fotocopias y trabajó en una productora. Estar en seguro de paro lo impulsó a armarse un book. En el fondo, constantemente y sin dudarlo, siempre había querido seguir su veta artística. “Arranqué haciendo cosas para niños con el festival Divercine en 2002. La pegué con ese cartel”, cuenta, y ya van ocho ediciones. Más tarde, la primer editora en llamarlo (Santillana-Alfaguara) le propuso ilustrar un libro de poemas para niños. “Fue empezar con una joya”, analiza este marplatense nacido en 1977 que pasó también por la ilustración de libros didácticos. El editor suele ser el principal interlocutor y eso no lo disgusta. “Filtra bastante, porque trabajamos sobre demanda, si bien volcamos cierta carga autoral. Los escritores tienen ideas preconcebidas y está bueno que no te llenen de datos”. Santana, que está radicado en Uruguay, tiene una mirada interesante sobre su oficio: “en algún punto somos iluminadores, como denominaban en la Edad Media a los ilustradores, ya que ´iluminaban lo textos”. ¿Cómo reacciona el público? “Dos por tres nos convocan para la feria infantil y los chiquilines son muy amables”. Por otro lado, "todavía no estamos manejados como fichas autorales. El dibujante acompaña. Los libros álbum, donde el texto y la ilustración tienen igual peso, son recientes en Uruguay. Había escritura infantil, pero estaba inserta en proyectos de corto alcance”. Mientras apuesta a que el sector se profesionalice, Santana aprovecha para hacer exposiciones, esculturas, fotos, iluminación teatral, arte gráfico para discos y portadas de libros. La prioridad ahora es Anina, ópera prima de Alfredo Soderguit, para la cual diseña escenarios. “No es la idea que sea un batacazo comercial”, adelanta sobre la película animada. “Seguramente se cuelguen mucho los adultos”. Tras un ingreso veloz al ámbito del dibujo infantil, Santana está tratando de recuperar su costado oscuro, adelanta, mientras investiga una tendencia a dibujar sus personajes de espaldas. Niños temerosos, quedan advertidos.
VERONICA LEITE -/ Su biblioteca guarda cantidad de historietas, con predilección por la escuela francesa. Nombres como JacquesTardi o Breccia, gustos de adulta, se codean con Tintin y Astérix, que fueron su introducción a la lectura. “Me formé por el lado artístico y papá es pintor. En un momento dudé si dedicarme a la pintura, y estudié Arquitectura. Coincidí con la etapa del país, a principios de los años 90, en que se empezaron a publicar libros ilustrados", resume sobre sus inicios. El primer ejemplar fue Libruras, un libro recreativo con Ana María Bavosi. “Me da la sensación de que entre todos fuimos aprendiendo, tanto los editores como los creadores. Me tocó trabajar en otros países, donde hay especializaciones, y está todo muy encasillado. Yo defiendo esa formación universal que tenemos acá ”. Leite insiste en llamar escritor al escritor y dibujante al dibujante. Está claro que el asunto sobre la autoría “es un tema candente en este momento. Hay que entender que es una simbiosis: el escritor y el ilustrador se necesitan mutuamente, pero que cada cual explote sus capacidades expresivas”. Ha ilustrado novelas, libros para la Fundación Logros, el Centro Cultural de España, Roy Berocay, Federico Rocca, los brasileños Ziraldo y Ana Maria Machado. “La gama de producción es amplia, dependiendo de la génesis del libro, del objeto que se quiere crear, del protagonismo que tendrá cada lenguaje”. La edad del destinatario es tenida en cuenta para definir desde el enfoque hasta la paleta de colores y el nivel de abstracción. “Y el texto te tiene que seducir. Si no, es complicado”, subraya. Cada tanto, también escribe. Ahora está por salir en México su primera obra completa en ese país. Sucede que Ziraldo, un referente sudamericano en la materia, la desafió a hacer su propia versión de Alicia, de Lewis Carrol, que sería el equivalente de un actor enfrentando un Shakespeare. Un clásico de clásicos. Una historia para Alicia es una visión personal de ciertos fragmentos y de las niñas reales que inspiraron el personaje, narrada desde lo plástico. Leite trabaja preferentemente en acuarela, pero como si fuera témpera, con colores fuertes, y previendo el pasaje por imprenta, donde suelen perderse matices. “Cuando me invitan la editorial o las escuelas me llevo muy bien con los niños. Aprovecho para dibujarles, para mostrarles los originales. Les llama la atención que no sea la obra de una máquina. Otro tema, un poco preocupante, es lo interesados que están en saber si hay fama alrededor de esta profesión”.
ALFREDO SODEGURT - /Tiene muy presente su infancia en Rocha, cuando la habilidad para dibujar le daba un estatus en la clase y condicionaba su futura vocación. Quizás hubiera sido arqueólogo, dice, pero había una constante: hacían una excursión y al otro día el alumno Soderguit dejaba el registro gráfico. No tardó en darse cuenta de que la capacidad figurativa no lo era todo. Llegó a estudiar Arquitectura y aunque le sigue interesando, la carrera quedó relegada. Entró en el ámbito de la ilustración por el estímulo del entorno y por la literatura. “En general, todo lo que hacía tenía que ver con lo que me inspiraba la lectura, los libros de Julio Verne de mi hermano, por ejemplo. Con él también recortábamos personajes y los movíamos como animándolos”. Nunca llegó a completar una historieta, pero tenía referentes del género como Moebius, Manara, McKean, y copiaba estilos. “Eso me sigue pasando, por períodos". ¿Cómo se involucró con el mundo editorial? Tenía una colección de ilustraciones, escenas que había ido haciendo sin un fin aparente. Se fue de viaje seis meses a Europa, en una especie de turismo académico. Al regreso se presentó a una editorial y el mismo día de la reunión se fue con dos libros bajo el brazo. Este 2009 no tiene gran ritmo de demanda porque está concentrado en su primera película: Anina. “Es un Frankenstein”, dice, por la mezcla. “Es ilustración apoyada en fotografías, dibujadas por encima, con mucha carga pictórica; técnicamente es como un collage pero no se va a notar, con un diseño bastante caricaturesco y corporeidad de muñecos de trapo. Se vuelve medianamente palpable, aunque no sea 3D”. Están completando la financiación y el desarrollo artístico, con la aspiración de que en un año y medio esté lista. Sergio López, autor de Anina Yatay Salas, libro del cual partió la idea, cedió los derechos, y la adaptación del guión la hizo Federico Ivanier. Anina resultará ser un poco afrancesada, al menos desde los escenarios, y más parecida a la animación japonesa en cuanto a recursos narrativos. En Palermo Estudio, Soderguit tiene otros dos socios, que comparten espacio físico con Raindog Cine, productora de la misma película. “Es muy difícil en Uruguay sostenerte solamente como ilustrador. A mí me gusta cambiar”, confía Soderguit. “Hay que desarrollar identidad, que para mí es lo más interesante. He tenido diálogos con niños, di charlas en las escuelas por Ibby (la asociación internacional para el libro juvenil) y Unicef. Me he dado cuenta de que se genera algo muy fuerte con los niños y las maestras, pero no necesariamente reconocen al ilustrador. Sólo una vez me pasó”.
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