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MUNDO SUBTERRANEO / La mitad de la belleza depende del entorno y la otra mitad de los ojos que la ven. Para Gustavo Alzugaray, cuya familia custodia esta porción de naturaleza desde 1890, descubrir el cerro Arequita no puede simplificarse a una vista panorámica. Sobre este fenómeno geológico de 300 millones de años versan historias de antaño, que al conocerlas provocan impensadas emociones, asegura el locatario mientras le da la espalda a la estructura maciza de 305 metros de altura que se alcanza a ver desde la ciudad de Minas. La única forma de entenderlo con los cinco sentidos es, pues, contemplando la luna llena desde la cima o ingresando a su misteriosa gruta. La paz del lugar invita a escuchar esos relatos que promete su guardián, pero antes llega el momento de las fundamentaciones. Es ahí cuando se conoce el por qué de la perfecta falla que muestra el Cerro Arequita. “El quiebre responde a episodios geológicos que se fueron sucediendo cronológicamente. El frío de los hielos debió causar una gran contracción de los suelos, que por el contrario se dilataron, producto de masas incandescentes que volvieron a ser enfriadas. Esto provocó temblores y movimientos, que sacudieron al macizo hasta partirse en dos”, señala Alzugaray frente a unos dibujos que ayudan a entender el proceso, datado en el inicio del carbonífero. La acción de los glaciares, las lavas y la erosión producto del agua permiten hoy en día inmiscuirse en la curiosidad de su formación subterránea. El nombre del cerro parece adelantarse a estas creaciones naturales: Arequita, proveniente del vocablo guaraní aracuhaita, significa agua de las altas piedras de las cuevas. Aquí se reconocen tres grutas y sólo una de ellas está habilitada para ser descubierta por los curiosos visitantes. Este reducto natural se abre en un estrecho corredor entre dos paredes rocosas; podría decirse que es la chimenea de un antiguo volcán extinguido. La oscuridad se percibe al descender por la angosta escalera. Ya alertados sobre la presencia de una colonia de más de tres mil murciélagos, para evitar la sorpresa de quienes no simpatizan con estos animales, se ingresa al mundo bajo tierra. La luz de la linterna del guía se apaga de pronto, entonces llega la hora de sentir. Es imposible verse hasta las propias manos, lo que obliga a concentrarse en otras cosas: en los 16 grados de temperatura que se mantienen intactos allá abajo, en el sonido de los bichos que habitan allí –murciélagos, vampiros y grillos– y en la sensación infrecuente que provoca estar en absoluta oscuridad. La caminata por la mitad de la superficie de la gruta –25 metros– permite al guía ir contando sobre la presencia indígena que supo tener el lugar, aunque en la entrada se lea una placa que marca su inauguración en 1873. “Elementos contundentes encontrados por mi familia hace unos largos años, como bolas de piedra que se usaban para cazar, nos hablan de la vida humana mucho antes de lo que muestra la plaqueta”, afirma Alzugaray, quien tampoco pierde oportunidad para relatar que años más tarde esa cueva habría sido centro de reuniones clandestinas de opositores a la iglesia Católica. El recorrido, que dura una hora y media, es la antesala de la subida a la cima, sostiene Alzugaray. “La gruta da una sensación de calma y bienestar inigualable, por lo tanto es lo que recomiendo primero”. Claro que no todos pueden darse el lujo de contemplar el paisaje serrano desde el punto más alto del Arequita ya que depende del estado físico de los visitantes. Para quienes están en condiciones de hacerle frente al desafío, qué mejor que subir a la cima en una noche de luna llena. Por el momento sólo se puede ascender cuando se registra este fenómeno astronómico, hecho que se da una vez por mes. “Puntualmente lo hacemos el día antes a la fecha de luna llena que marca el almanaque porque es cuando el sol se pone y la luna entra y el cerro hace de bisagra”, cuenta el guía antes de detallar que la experiencia se extiende por unas tres horas. “Se realizan micropausas en cuatro paradas claves del lugar, los cuales posibilitan tener una vista del paisaje desde los distintos puntos cardinales. Lo interesante es descubrir cómo cambia la geografía en torno al cerro”. Tanto abajo como arriba, el Arequita permite remontarse a eras pasadas y abstraerse del ritmo que se lleva en los tiempos que corren.
VALLE ENERGETICO / Ya el hecho de sentarse en la galería del parador, rodeado de naturaleza, puede ser un motivo más que justificado para visitar el Valle del Hilo de la Vida. Pero las incógnitas que allí se plantean suelen tentar hasta a los escépticos. Sobre la panorámica ruta 12, a la altura del kilómetro 346, existe un campo de 53 hectáreas en el cual descansan ciertas leyendas. Todas giran en torno a los 78 montículos de piedra distribuidos por el Cerro Negro y colocados hacia la puesta del sol. El más grande mide 4,50 metros de base por 3,50 metros de alto, pero hay de todos los tamaños imaginables. Algunos se encuentran en ruinas, mientras que otros se mantienen en perfecto estado de conservación. Su dueño, el médico Gustavo Guerrero, se limita a describirlo como un sitio arqueológico que muestra túmulos hechos con piedras trabadas, unas sobre las otras. Se atreve a echar por tierra también una leyenda centenaria que asocia estas construcciones a un niño con falta de sueño. “La historia local cuenta que el hijo varón de un propietario de hace años sufría de insomnio y salía a hacer estos montículos en las noches de luna llena”. No existen dudas de que los levantó la mano del hombre. Y según las investigaciones del propio Guerrero, esto pasó hace más de 5.000 años. Sin embargo, aún no se conoce con qué finalidad. No se trata de tumbas, tal como sucede en determinados rituales, lo que acrecienta todavía más el misterio. Más allá de la ausencia de precisiones, que para el propietario responden a una corta vida de la arqueología nacional, el recorrido de 1.800 metros por el predio tiene su encanto. Sin duda el paisaje se roba todas las miradas. Observar la ciudad de Minas desde la cima del cerro, de 342 metros de alto, es tal vez la visual más impactante, aunque también es posible divisar el templo budista y el Cerro Arequita, y distinguir perfectamente el trazado de las rutas 60 y 12 en esa zona. Desde arriba también se aprecia el hilo de agua que recorre el valle en forma de cañada y que le da nombre a este paisaje natural. El propietario del lugar, quien antes de comprar el campo –en el año 2000– se consideraba un descreído total, no pretende generar ninguna influencia en los visitantes. “Acá lo presentamos como un sitio arqueológico, si decimos que se trata de un lugar sagrado estamos incluyendo la fe y eso ya depende de cada persona. Nosotros guiamos el recorrido y cada uno lo vive y siente como quiere”, aclara. Lo cierto es que mucha gente se acerca al valle atraída por la fama energética que se le reconoce. En este sentido, Guerrero asegura que se realizaron mediciones para constatar la fuerza del lugar y se pudo comprobar que tiene una alta concentración de energía. Es en este marco que seguidores de distintas religiones y filosofías se acercan para hacer sus prácticas de rezo o meditación. También suelen llegar grupos que realizan disciplinas de autodesarrollo tales como Qi Gong o Chi Kung. La importante presencia de la piedra de cuarzo blanco, con las bondades armonizantes que se le atribuyen, colabora para dotar a este espacio de un poder energizante. “En otras épocas podría haber sido usada para fabricar puntas de lanzas”, suelta quien en un principio tenía pensado levantar un campamento de niños en el lugar. El recorrido de unas dos horas de duración se hace sentir en algunos visitantes. Para ellos, nada mejor que un descanso en el parador remodelado para tales fines. Tanto al mediodía como por la tarde, este reducto se mantiene alerta: a la hora del almuerzo ofrece un cordero místico, con salsa de vino y puré de boniato, y para la merienda se despacha con alfajores de maicena o la tarta de manzana; todo casero.
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